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Técnica y Globalización

Por José Luis Sampedro

Los debates acerca de la Globalización continúan incansables. A veces hasta dan la sensación de un choque de creencias. Por un lado los fervorosos adictos del absoluto y único dios Mercado, con cuya adoración nos serán dados todos los bienes por añadidura. Enfrente los defensores de la diosa Vida, cuyas múltiples manifestaciones no se dejan reducir a lo económico. En uno y otro frente se repiten incansables las afirmaciones y refutaciones.

En esa controversia sorprende un argumento de los globalizadores a ultranza porque, esgrimido por ellos con insistencia, no parece que sus adversarios lo rechacen con la misma energía, como si lo aceptaran resignados por resultar inatacable. Me refiero a la tesis de que la globalización actual es consecuencia ineludible del progreso tecnológico. La técnica -se afirma- ha mundializado el intercambio comercial y financiero sobre la Tierra y, al ser un hecho planetario, su funcionamiento ha de afrontarse en forma global. La técnica se impone porque determina unívocamente las decisiones humanas. Muchos callan ante esa tesis que, sin embargo, es falsa de toda falsedad.

La técnica no tiene esa decisiva capacidad pues su uso, y los efectos resultantes, dependerán de quien tenga el poder de usarla y de lo que quiera hacer con ella. Decisión que, a su vez dependerá de lo que ese dueño considere útil o necesario y para eso se guiará por sus creencias, por los valores que guían sus actos.

Dicho de otro modo: la técnica es un instrumento al servicio de unos fines y éstos orientarán su empleo. Pensar que el único fin deseable es el del beneficio económico (y de ahí, creer que la técnica exige la Globalización) es algo solamente aceptable para la limitativa visión de una sociedad de mercado.

Por si no convence algo tan obvio tenemos en nuestra propia historia una demostración deslumbradora. Recuérdese que en la etapa final de la Edad Media, al mismo tiempo que en algunas mentes empezaban a brotar nuevas luces, emergieron en la vida europea tres innovaciones tecnológicas de inmensa trascendencia para rematar el final del medievo y abrir las puertas de los nuevos tiempos del Humanismo, el Renacimiento y, luego, la Reforma.

La pólvora, para empezar, resultó decisiva para combatir y demoler los castillos donde el feudalismo había acuartelado el poder de los señores. La brújula, que llegó de Oriente, permitió a los navíos despegarse libremente de la navegación a la vista de la costas o de la orientación por los astros y, con ello, facilitó las grandes travesías oceánicas en las que tanto se distinguieron portugueses y españoles, llevando alrededor del mundo la gran aventura de la expansión europea. Por último, pero quizás lo más importante de todo, la imprenta de Gutemberg puso el contenido de los hasta entonces escasos manuscritos (privilegio de pocos) al alcance de mentes mucho más numerosas y ávidas, contribuyendo a la difusión de las nuevas ideas.

No será exagerado decir que sus efectos fueron tan impresionantes o más, que los que se atribuyen hoy a Internet, teniendo en cuenta las respectivas situaciones históricas. Pues bien, resulta que esas tres poderosas palancas de progreso eran conocidas en China desde siglos antes, pero no recibieron las aplicaciones para las que se usaron en Europa. La pólvora se usaba para fuegos artificiales y espectáculos o para ciertos trabajos de campo.

La brújula no tenía apenas uso porque China se bastaba a sí misma y no necesitaba navegar para conocer culturas que estimaba inferiores ni para obtener productos que no apreciaba. Finalmente los textos impresos con tipos móviles daban un resultado infinitamente tosco frente al refinamiento estético de la prodigiosa caligrafía china: un arte tan elevado como el que más. La imprenta no tenía sentido ni merecía la estimación de los sabios.

China no se dignó usar esas técnicas porque entre sus valores supremos no estaba la productividad material a ultranza ni la maximización del beneficio monetario. De la misma manera, si aquí algunos negamos que la Globalización sea un imperativo tecnológico es porque nuestros fines (los derechos humanos, para empezar, pero los de todos) exigen un uso diferente de la técnica. Un uso que desde luego es posible, aunque se niegue por intereses egoístas.

Bertrand Russell ya sugirió hace tiempo que si en un país se creara una maquinaria capaz de producir tantos zapatos como antes en la mitad de tiempo, un gestor humanista decidiría no aumentar la producción a cambio de ganar en tiempo libre, mientras que un mercantilista duplicaría la cantidad e impondría su venta mediante los muchos trucos persuasores de la publicidad.

Para terminar: sin duda las finanzas internacionales son hoy un hecho planetario y globalizable. Pero también lo es la justicia contra el terrorismo, la amenaza de plagas como el sida, la degradación del medio ambiente o la ignorancia incapacitadora para el progreso. Esos y otros problemas se plantean también a escala mundial, y a pesar de ello los máximos poderes globalizadores de la economía se resisten a aceptar el Tribunal Penal Internacional, los acuerdos protectores del clima y de la salud o una auténtica y eficaz ayuda al desarrollo del mundo pobre.

Para los globalizadores, por lo visto, el progreso técnico sólo ha de aplicarse en los sectores que a ellos les convienen. Así no cabe entendimiento entre los dos bandos, dados sus objetivos contrapuestos. Tecnificar la Globalización para hinchar los beneficios es el objetivo del poder económico dominante. Globalizar la Tecnología es la meta humanista, para que progreso llegue a todas las áreas de la vida.

BOLETÍN ECONÓMICO DE ICE N° 2750
46 DEL 2 AL 8 DE DICIEMBRE DE 2002